Microrrelatos MAYO

Microrrelatos

 

En este mes, zarpamos mar adentro con nuevos relatos. El tema acordado es: PIRATAS.

 

Noches en vela, días buscando. Navegando, navegando. Un triste bote fue lo más que pudo conseguir, pero no le importaba. En el bolsillo de su chaqueta guardaba aquel papel roido y sucio que le costó toda su fortuna. Cuántas manos lo habían poseído y cuántos incautos habían caído en su aventura. Aquel día sabía que era el último. Nada más poner un pie en la arena entendió aquella parte del mapa cogió la pala y fue corriendo al lugar que aparecía marcado con la 'X'. Ahí, ahí estaba por fin su musa

 


 

La Perla Negra bordeaba Sudáfrica y El Cabo de Hornos como siempre, agitado. Los Piratas fondearon en Las Maldivas para reponer fuerzas y bajar a uno, con fiebres ademas de tener la pata de palo. Siguieron navegando hacia el Este y pasadas varias lunas oían cañonazos pero no sabían de donde era el ruido, llegaron a la isla de Navidad y se oían mas fuerte, cuando llegaron a Darwin (Australia) les oyeron perfectamente, eran los cañones del concierto interminable de AC/DC.

 


 

Al abordaje!! oímos desde el otro lado del barco. Nuestra tripulación estaba aterrorizada. Comenzaron a lanzar cuerdas y pasarelas de madera. En cuestión de pocos segundos nos sentimos rodeanos. Yo, como capitán del navío, me sitúe al frente y esperé la llegada de su temible bucanero. Su aspecto era terrorífico, de gran estatura, parche en un ojo, garfio y pata de palo. Sin mediar palabra me ataron de pies y manos y me colocaron al borde de la pasarela. Abajo en el agua, surcaban haciendo círculos varios tiburones. Noté como un sable me presionaba la espalda, haciéndome avanzar hacia el vacío. Así es que cerré los ojos, tamborileé con mis dedos la chapa de mi cinturón, tarareé una vieja canción marinera y salté.

 


 

RATAS DE MAR Tras su meada matutina en cubiertas, Bill el Sopas, se dispuso a bajar a lo más hondo de la bodega. Dos plantas por debajo él, tras los barriles vacíos de ron, se materializaba una tensa historia de miradas sostenidas y silencios incontenibles. La furtiva pareja, se regalaba alientos jadeantes en un intento ansioso por fundirse bajo la misma piel. Con palabras entrecortadas, el segundo de a bordo, intentaba advertir a su pareja: ¡Cómo nos descubran nos arrancaran la piel a tiras! ¡ Por todos los demonios! ¿Dónde has aprendido a hacer eso? La voz más delicada y joven contestó con picardía.- Fue con un marinero francés. -¡Pues no te detengas, par dieu! replicó ronco el segundo . Al entrar en la oscuridad, Bill se cambió el parche de un ojo a otro. Ese viejo truco le permitía ver al instante en la penumbra y le había librado de más de una durante ataques sorpresivos. En su profesión había que estar siempre alerta. Ahora necesitaba provisiones para preparar el desayuno antes de que la tripulación despertase. Un porridge aguado al que despectivamente llamaban “La sopa de Bill”. Un poco de avena, agua de mar, ron y canela cortesía del último abordaje a un barco Portugués. Aprovechando su soledad, Bill apuró unos lingotazos rápidos del ron añejo. - ¡Chss!, viene alguien, susurró el segundo. ¡Por Santanás grumete! ¡Para o harás que nos maten por bujarrones! Un ruidito alarmó a Bill el Sopas. Avanzó entre los barriles con su trabuco en ristre y gritó: ¡Malditas ratas! ¡Cualquier día terminareis todas en mi marmita! Juntó su índice y pulgar, los besó rabioso y espetó: ¡Os lo juro por Neptuno! Y entre aspavientos se marchó mascullando acaloradas maldiciones. RATAS DE MAR Tras su meada matutina en cubiertas, Bill el Sopas, se dispuso a bajar a lo más hondo de la bodega. Dos plantas por debajo él, tras los barriles vacíos de ron, se materializaba una tensa historia de miradas sostenidas y silencios incontenibles. La furtiva pareja, se regalaba alientos jadeantes en un intento ansioso por fundirse bajo la misma piel. Con palabras entrecortadas, el segundo de a bordo, intentaba advertir a su pareja: ¡Cómo nos descubran nos arrancaran la piel a tiras! ¡ Por todos los demonios! ¿Dónde has aprendido a hacer eso? La voz más delicada y joven contestó con picardía.- Fue con un marinero francés. -¡Pues no te detengas, par dieu! replicó ronco el segundo . Al entrar en la oscuridad, Bill se cambió el parche de un ojo a otro. Ese viejo truco le permitía ver al instante en la penumbra y le había librado de más de una durante ataques sorpresivos. En su profesión había que estar siempre alerta. Ahora necesitaba provisiones para preparar el desayuno antes de que la tripulación despertase. Un porridge aguado al que despectivamente llamaban “La sopa de Bill”. Un poco de avena, agua de mar, ron y canela cortesía del último abordaje a un barco Portugués. Aprovechando su soledad, Bill apuró unos lingotazos rápidos del ron añejo. - ¡Chss!, viene alguien, susurró el segundo. ¡Por Santanás grumete! ¡Para o harás que nos maten por bujarrones! Un ruidito alarmó a Bill el Sopas. Avanzó entre los barriles con su trabuco en ristre y gritó: ¡Malditas ratas! ¡Cualquier día terminareis todas en mi marmita! Juntó su índice y pulgar, los besó rabioso y espetó: ¡Os lo juro por Neptuno! Y entre aspavientos se marchó mascullando acaloradas maldiciones.

 


 

Surca el pirata los sietes mares en busca de su tesoro sin saber que lo encontró hace mucho tiempo en su propio barco: la libertad.

 


 

 

 

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